OTRA COPA DE VINO

En este cuento nos adentramos enuna atmósfera inquietante que representa el quebranto de sus personajes. La narración nos muestra cómo en los eventos más cotidianos como beber una copa de vino, también puede filtrarse lo inesperado.

Aldrina Gieser Zubeldia

Fuente

Me bajé del taxi que me dejó en la puerta de la casa de Ernesto. Cubrí mi cabeza con un paño, me puse los anteojos oscuros y miré hacia los costados por si había algún periodista de esos entrometidos que te siguen hasta el baño. Subí las escaleras, llegué hasta el porche y toqué el timbre. Me atendió Susana, la ama de llaves, quien me acompañó hasta el escritorio donde me esperaba Ernesto. Él siempre estaba atento y alerta a mis necesidades. Teníamos encuentros amorosos de vez en cuando, o cada vez que yo quería. Sabía que estaba enamorado, lo denotaban las fotos que había diseminadas en portarretratos, la pintura en la pared central al ingreso de su casa, los vhs originales de las películas que había filmado y, sobre todo, esa paciencia y contención que tenía conmigo. Pero a mí solo me importaba su opinión sobre mi carrera. Era un abogado prestigioso en la ciudad y, sobre todo, dueño de varias bodegas de vino.

Toqué la puerta del escritorio y él la abrió. Me recibió con una copa de vino. Nos saludamos. Tomó mi saco, lo colgó en el perchero y yo me desplomé en su diván, ansiosa de transmitirle mi indecisión sobre el contrato con la productora y de llegar, por fin, a un desenredo de ideas que me estaba perturbando. No había mucho tiempo pero sabía que, entre vino y vino, mi elección iba a ser la acertada.

—¿No sé si alcanzas a entender lo que digo?, ¡el planteo que estoy haciendo!, ¿me escuchas, Ernesto?

—¡Sí, claro, te estoy escuchando, Catalina!, que no te mire no significa que no te escuche. Sabes que no tengo ojos más que para ti. Quisiera decirte algo más, pero te escucho.

—Está bien, está bien. Entiendo. Que no me mires no quiere decir que no me escuches y bla bla bla. Bueno, basta, cállate. No hay mujer más bella que yo. Lo sé. Pero ahora escúchame, porque si no, me voy. Hoy tengo un problema. Otra copa de vino, servime. Bueno, como te decía, ¿vos creés que hago bien?, yo estoy segura de que sí, porque de verdad esto me preocupa. Da vueltas en mi cabeza. Me despierto a medianoche alterada. ¡No duermo ni aunque me tome todos los vinos de la cava antes de ir a la cama!, ¿y a la mañana?, me pesan los ojos, son dos huevos duros. Pero esa pregunta vuelve y vuelve. Se volvió recurrente. Es un eco. Me miro al espejo y me veo hermosa así, pero también tengo temor de que no me acepten mañana. Hace dos meses que no ven mi rostro en la productora, solo hablan con Raúl, mi manager. Pero el muy cobarde no les dijo nada. Otra copa de vino, servime, qué noche silenciosa. Todas las estrellas se ven, ¿viste?, ¿miras por esta ventana alguna vez?

—Alguna que otra vez miro.

—Qué olor a tierra tienen estas cortinas. Me hizo picar la nariz, y estoy tan cansada. No sé qué hacer, ¿y si vamos a un bar? Capaz que afianzo mi seguridad. El alcohol aclara mis ideas. Sí, vamos. Otra copa de vino, servime. No te acerques tanto, más tarde. Ahora no puedo dejar de pensar en qué voy a hacer mañana.

—¡Quedémonos, por favor, Catalina! Quiero que tu atención sea solo mía. Y además, cuando estemos en el bar vas a pedir por este vino y no lo van a tener, y te vas a poner insistente e impertinente con el mozo, porque cuando estás en este estado no entiendes un no. Te conozco.

—Tienes razón. Tu vino me cae tan bien al paladar, al alma. Sí, mejor nos quedamos, así me decís qué hago. Aunque yo sé que hago bien. Mejor que yo, nadie. Bah, Raúl, que como sabemos se lleva un gran porcentaje. Y cuánto. Se viste bien y todo: traje, corbata, huele bien. Hasta se mudó. Todo gracias a mí. Así que a él no le queda otra, más que defender mi decisión.

—Otra copa de vino, servime, ¿y el cenicero?, ¿qué le hiciste? A tus plantas no les va a venir nada mal estas cenizas que les tiro. Dicen que es abono. Búscalo por favor, me canso de caminar de acá para allá. Tú te quedas ahí parado mirándome. Ya te dije que después. Otra copa de vino, servime.

—¡Ay, Catalina! Lo siento, no puedo dejar de contemplarte. Hoy es un día muy especial para mí también, y quería contártelo pero, toma tu copa de vino.

—Quiero quedarme tirada en este diván, qué cómodo es. Es del color púrpura como mi vestido. Deja de mirarme así. Das asco. No intentes tocarme que me podés ensuciar. Cada vez entiendes menos de nuestra relación amorosa. Otra copa de vino, servime. ¿Qué hago mañana cuando vaya a firmar?, ¿me tapo el cabello con un pañuelo? No es ridículo. Van a tener que aceptar que filme esa película con mi cabello gris platinado. ¿No me queda hermoso?, además, soy la actriz más taquillera de la productora. Fin de la charla. ¡Está decidido! Mañana voy a pasar la puerta de la productora con mi cabello así, tal como lo ves.

—¡Qué rico este vino!, ¿ves? Te lo dije, el alcohol aclara mis ideas. ¡Otra copa de vino, servime!, ¿y el cenicero?, ¿dónde lo dejaste? Ah, ¿y qué me querías decir, Ernesto?

—Intento decirte que vendí las bodegas.

Semblanza

Aldrina Gieser Zubeldia. (Argentina) Editora de diversos textos. Inició como tallerista durante la pandemia. Actualmente tiene un proyecto de cuentos y narraciones.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *