
Sé que ves el mundo detenido
como con los huaraches en la mano
cuando caminas en la arena que se va al
Pacífico. Tras de tus lentes. La pluma que te presté y no usaste. Tú también lo sientes. Aunque sientas rabia porque no me tienes, por capricho tuyo. Sé que no me lo invento, que descabritas ante mis letras, que te rompes, cuando te escribo: “hace tanto tiempo”. Siempre sacudo tu hábitat, cambia tu respirar y la manera en que interactúas con el aire, con la biosfera, con mi oxígeno que evades, porque ya no soy quien está huyendo. Te has creído todos esos cuentos y, todos esos ríos que tocan tus dedos se salan, se escaldan, porque tus ojos lo saben, mis ojos están detenidos en ti. Cuando te di esa pluma, y todo lo demás. El kilo de mangos, los amaneceres, y las noches. La cebolla mal picada. Cuando hacía tanto frío.
Te creo cuando dices que eres lo que eres y no lo que has sido. Te palpita la duda, te enoja el pasado. Sí, tu mundo se detuvo cuando yo llegué tarde el sábado. Aún hay pequeñas lágrimas en mis ojos, cautivas, que te extrañan. Sabes, sabemos que vamos suspendidos en el tiempo, en la mirada que no pedimos. Ya no habrá otro día, otro lugar, otro cuerpo. Estacionados en los inviernos, en los otoños, en lo que sea, cuando te hablo sabes que levitas. Aunque quieras apartarte de mi existencia, borrarme del camino, yo también quise.
Te adelanto sin presunción, que nos reconoceremos, que seré, que serás. Cambias tu rumbo, porque mi vida te impacta el pecho. No me extraña, para nada. Me pasa lo mismo. Que me detengo de pensarte al otro lado de las cordilleras amígdalas y basálticas. Que no me quieres cerca porque explotas, no te contienes. Una onda, un rastro, sin arrogancia, ya no se detendrá tu corazón por tantos años.
Cuando cierras los ojos me ves y recuerdas lo que pensaste antes
de reunir valor para hablarme el domingo. Ninguna voz, ninguna
sonrisa volverán a ser de esa manera. No quieres repetir el dolor,
no quiero causarte daño, pero ya no me escuchas. Mis palabras son eco.
Y si el mundo no se detuvo, aunque todo avanza, nadie trastocará tu alma así. A nadie verás, así. Yo no soy yo. Soy porque te conocí. Y me rompiste. Para que fuera una piedra preciosa en las rocas. Me detienes en la alborada, en el ocaso, en el salón aquel, y en los matorrales del Ajusco. La distancia se hará cada vez más inmensa, se dilatará el abismo, ya no me duele. Sólo estamos suspendidos en el olvido. Sonreímos. Y continuamos, aunque todo dentro, se detuvo una vez.
No nos volveremos a ver.
Y la Tierra y sus grietas, las grietas de las cuevas permanecerán intactas por los murciélagos.
Porque las capas del tiempo son dispares. Para ti, para mí, fue un fragmento apenas, difuso como cuando veo sin lentes, caer la lluvia que choca y hace ese ruido de las tardes de verano en el piso de la azotea de tezontle.
¿Cuál fue la distancia, cuál la profundidad?
A la geología le es indiferente. No hay fundamento físico o bilógico, sólo es una historia que fue en el tiempo, cualquier tiempo. No importa ya. Ni a la evolución, ni a la cadena trófica, ni al viento, ni al amor. Un instante apenas, cuando coincidimos, y en la Tierra nada cambió.
Se formó una roca.
Hubo un gran hallazgo. Mañana quedará plasmado en las paredes de las cuevas. Una pintura rupestre. Y tú, y yo.
No.
No nos volveremos a ver.
Semblanza
Karen Chávez León (México). Es historiadora, le gusta escribir sobre lo cotidiano y simple de la vida, a veces sin motivo, otras para hacer un poco mejor el mundo.


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