
I. Un cervatillo
Voló tras las zanjas de alcanfor desatadas,
antes cuál lazo atado firme a cruces cargadas.
Nadó bajo el polvo sacudido de la tierra,
con pelaje empapado de brisa y bruma.
Escondido delante de verdes lagunas,
sobre nenúfares convertidos en soga.
Salta como el ruido empuja las ramas,
huesos húmedos que crujen al andar.
Huye de la sangre posada en su frente,
corre con la música del sórdido segundo.
De lejos admira su cuerpo vuelto trofeo,
no comprendió hasta guardar silencio.
Solo se oyen aplausos.
II. De arena
Astillas en la almohada del dueño
Notificaron la entrada de aquel,
Dócil – e incrédulo- corcel
Retozando en las vigas
Encontró sueños cernidos
Antes atrapados, ahora en el olvido
Avanzando tembloroso
Volvió la mente a su camino
Entre legañas y suspiros
Corría el tiempo del destino
Estacionaban luces, y
Se temía no seguir.
Intenciones aladas
Emociones trotadas
No hubo rocín así,
Tan incrédulo -y dócil-
O quizás despertó a tiempo
Quizás se escuchó:
Un par de cascos de cedro
Ecos de crin cantada
Truenos peinan
El cuerpo de arriba a abajo
Ordenando esqueletos
De equinos mensajeros.
Intentó ser cuidadoso, pero
Oyeron rebuznos al amanecer.
- Escurridiza
Desolada y sin espejos
envuelta en un mar de arena
con peces asustados bajo el ala de una ola
ojos ajenos pensándose su reflejo
rostros que pintan sevicia,
sobre un árbol ahogado desatándose.
Ante el sol no soy más que tan solo
la solemne y desolada soledad
pudriéndose hasta dejar de ser
y entonces, solo estar
ante el mar no soy más.
Semblanza
Andrea Irene (Lima, Perú). Estudia Medicina a medio tiempo y escribe poesía sobre bestias autobiográficas y mundos desdoblados. Participó en la antología Y aun así, la ternura dolía (2025).


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