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EL PAÍS DE ARENA
Lucía Carballo es correctora literaria y estudiante avanzada de la Licenciatura en Letras de la UNC. Desde pequeña, la lectura y la escritura se configuraron como ejes fundamentales de su vida. En este sentido, sus textos exploran la infancia femenina en territorios periféricos, la lengua, la capacidad de ver, el infinito y la muerte

Cuando era niña, íbamos a La Carlota en verano. Pasábamos solo unos días allá, mis padres se reunían con parientes más o menos lejanos y yo andaba en bicicleta con sus hijos, desconocidos para mí. El camino era largo, casi cuatro horas desde mi pequeña ciudad hasta ese —aun más pequeño— pueblo. La ruta estaba plagada de pueblitos cuyos nombres recitaba de memoria. El poema que se formaba entre Elena, Gigena, Ausonia, Etruria era un modo de contar el tiempo. El trayecto me obligaba a dejar de ver las sierras de mi valle para darle paso a la llanura pampeana del sur de la provincia, una de las pocas regiones que no agoniza con sequedad melancólica.
En La Carlota, siempre se hacía lo mismo, visitábamos el museo del pueblo, veíamos el cañón que encendía ese prócer, nos subíamos al fortín. “Desde allá arriba veían si venían los indios”, decía siempre algún anciano. Pero desde mi línea de visión, baja e infantil, solo podía imaginar malones nutridos con las historias de mis mayores. Mi mamá me decía con tono jocoso que sus tías abuelas les temían.
La Carlota es verde, a la vera del río el pasto siempre está húmedo y el sol no puede penetrar entre las copas frondosas de los árboles, mientras que los indios del siglo pasado o el anterior habitaban en el desierto. Solo podía imaginarlos como hombres que cabalgaban largas distancias desde su tierra seca hasta el verdor del pueblo. Allí, se llevaban a las mujeres. Pensaba que las llevaban de un lugar a otro y creía que ellas podían volver a cualquier lugar caminando. Cuando se es pequeña, creés que podés llegar a cualquier lugar solo caminando. Lo importante es no perderse.
Siendo tan joven, con ojos tan nuevos, no sabía que en mi país había un desierto. Imaginaba al Sahara debajo de La Carlota con caballos fuertes y jinetes autóctonos en lugar de camellos y árabes. En la adolescencia, descubrí que el desierto es en realidad estepa patagónica. En lugar de arena, lo que hay es tierra dura y aplastante. Se mueve menos, es rígida y absorbe todo con su vacío. Cuando crecí, fui a clase y una profesora nos preguntó qué era el desierto. Nada, un vacío. Ella dijo que más que vacío, era un territorio vaciado. Las tierras desocupadas se llenan más fácil.
Hace años que no vuelvo a La Carlota y todo me parece más seco. El pasto en la ciudad es amarillo y se quiebra si lo miras con fiereza. Todo el país se está convirtiendo en algo más parecido al desierto. Y no hablo de la estepa patagónica, severa y rígida, que recuerda la sangre derramada. Es un desierto arenoso y frágil, no entiendo cómo cabe en un país tan grande. Un desierto tan débil, y sin embargo, contagioso. Noto que hace meses, tanto las yungas como los cerros abren paso a la arena, que la acomoda el viento. Al pararse en el monte, los pies no se encuentran con un manto de piedra sólido, sino que se hunden y es difícil escalar las sierras. Cuando abro las ventanas en mi departamento, entra arena. En los zapatos de mis amigas, también hay arena. Es fina y muy leve, pero dificulta nuestros pasos. Ya no creo que solo caminando podamos volver a cualquier lado.
También los libros de historia están llenos de un polvo extraño, que hace peso sobre las páginas y los jóvenes no pueden pasarlas para leerlas. Incluso las edificaciones suntuosas y espectaculares de la Capital recogen arena en el interior de sus paredes. A veces, caminando en la calle, veo personas que tosen y estornudan arena. Nadie dice nada, por cortesía, pero lo notamos. Me temo que en unos años, si no desterramos a la arena, enterrerá todo. El país será un desierto enorme y abajo de él yacerán nuestros cuerpos junto con los edificios que se construyeron antes que nosotros siquiera existiéramos. No se escucharán nuestras voces y la geografía que conocemos cederá paso a un único bioma, el gran desierto del fin del mundo. Tal vez, otra gente con otra lengua venga acá y se pregunte: ¿qué es un desierto? Los desprevenidos responderán que es nada, un vacío. Otros, de ojos más abiertos, sabrán que un desierto es un territorio vaciado.
Semblanza
Lucía Carballo (Argentina). Correctora literaria y estudiante avanzada de la Licenciatura en Letras de la UNC. Desde pequeña, la lectura y la escritura se configuraron como ejes fundamentales de su vida. En este sentido, sus textos exploran la infancia femenina en territorios periféricos, la lengua, la capacidad de ver, el infinito y la muerte

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